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Los fogones del Diablo: cocina volcánica. 03-09-2012

¿Cuál es el mejor fuego para organizar una parrilla en condiciones? Aquel tan abrasador como el de los dragones, el que arde en las entrañas de la tierra y se vomita al exterior por la chimenea de un volcán. Un fuego puro y auténtico que ningún horno podía reproducir. E incontrolable: todo un desafío para un cocinero.
 
Situado en el Parque Nacional de Timanfaya, entre las Montañas de Fuego, el restaurante El Diablo se sirve de su ubicación privilegiada para alimentar sus fogones con las altas temperaturas que emanan del subsuelo, a poca profundidad. Con estructura e instalaciones diseñadas por César Manrique, el restaurante consta de un único edificio circular de una planta, rodeado por amplias cristaleras que permiten divisar al otro lado las amplias extensiones de tierra rojiza, como oxidada. Los restos de grandes olas de lava desecadas donde parece haberse detenido hasta el aire, un estatismo roto ocasionalmente por la erupción de alguno de los géiseres de vapor. Esta atmósfera de muerte y desolación, que se acentúa con un pequeño jardín de arena donde yacen un tronco seco y el esqueleto de un dromedario, contrasta vivamente con la estética pop del bar, donde las sartenes cuelgan del techo convertidas en singulares lámparas. Pero esta decoración estrafalaria no se extiende por el resto del edificio impactando en el entorno. Las formas circulares y suaves, los muros de piedra volcánica finamente tallada -negros en su cara interna, como forjados por ladrillos de carbón- y el ambiente geológico que envuelve el local desempeñan un papel protagonista a la hora de fusionar la arquitectura con el paisaje, hasta el punto de convertirla en un apéndice más del terreno.

Del establecimiento principal parten tres murallas curvas que conducen a los baños. La tercera, escondida parcialmente al cielo bajo una cúpula decapitada, alberga una parrilla de amplias dimensiones conocida como el 'vulcan grill', donde se asan carnes y pescados aprovechando únicamente el calor que emana de la tierra. Una batería geotérmica de gran intensidad y rendimiento, ya que a tan sólo 15 metros de profundidad los termómetros superan los 600 grados. El nivel de actividad magmática calienta la piedra sobre la que se despliega un concierto de sartenes y cacerolas donde se cuece gastronomía artesanal canaria. Patatas arrugadas, cerdo marinado o calamares asados son los platos que surgen de estos fogones donde chefs curtidos en altas temperaturas orquestan una cocina volcánica respetable con el medio ambiente, manteniendo todo el sabor y las propiedades de la carne.

Tan acostumbrados como estamos a contemplar el mismo cielo sobre nuestras cabezas, resulta muy tentador asomarse por esta ventana al centro de la Tierra. Pero no metas la cabeza en una barbacoa alimentada con el carburante más potente de la naturaleza. Podrías calzinarte las pestañas.

 


Fuente: El Economista.es
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