“Si eres capaz de fotografiar un plato, puedes fotografiarlo todo”. Bajo esta premisa se celebró, entre el 30 de septiembre y el 17 de octubre de 2010, el Photofood Festival en Tarragona. Más de 3.000 profesionales -entre fotógrafos, editores, estilistas culinarios, publicistas y aficionados a esta disciplina artística- se dieron cita en el certamen. Inspirado en la feria francesa Visa pour la Image, que se celebra en Perpiñán desde hace 21 años, su impulsor Günter Beer decidió convertir la ciudad de Tarragona en punto de encuentro anual de la fotografía culinaria e impulsar el primer congreso especializado en esta modalidad: “La mayoría de fotógrafos vienen del norte de Europa y les gusta mucho desplazarse al Mediterráneo por el buen tiempo”, afirma. Fueron cuatro días de intercambio de experiencias, talleres especializados, proyecciones, más de veinte exposiciones de fotógrafos gastronómicos llegados de todo el mundo y premios para los profesionales que cultivan esta disciplina tan desconocida. “La fotografía gastronómica tiene una parte muy comercial. En un supermercado, todo lo que no es producto natural está envuelto en fotografía gastronómica, pero nunca se mira quién está detrás de estas imágenes”, enfatiza el director del congreso. “En una foto de moda ves el modelo, las prendas, pero también la imagen…En cambio, en una fotografía gastronómica no ves la foto sino solo una gamba”, añade.
En este primer certamen se dieron cita 19 fotógrafos de distintas procedencias. Algunos de los autores más destacados que mostraron sus trabajos fueron: Thomas Duval (Francia), fotógrafo de varios libros de Alain Ducase que expuso la serie “Bondage Végétale”; Neil Corder (Sudáfrica), considerado uno de los mejores fotógrafos publicitarios por Lürzer’s Archive que mostró una serie dedicada al vino; Jan-Peter Westermann (Alemania) que presentó la comida de los monasterios chinos como una experiencia sensorial; o Peter Knaup (Alemania-Francia), un reconocido fotógrafo que exhibió una serie especial de naturalezas muertas. El Photofood Festival también contó con la muestra de dos de los españoles más reconocidos en esta disciplina: Francesc Guillamet, fotógrafo oficial de la historia de El Bulli y de Ferran Adrià, y Pep Escoda, uno de los fotógrafos más polivalentes y premiados por sus instantáneas de restaurantes captadas en todo el mundo. Junto a estos dos autores, en el apartado de proyecciones, también estuvieron presentes otros nombres nacionales como Toya Legido, Tomas Zarza, Mauricio Salinas, Carlos Rondón y Pedro Reguera. Además, el congreso también reunió a parejas de cocinero y fotógrafo para escenificar pequeñas performances fotográficas de cómo trabajan para captar las imágenes de sus creaciones. Fue el caso de Carme Ruscalleda, del Restaurant Sant Pau, y Becky Lawton o de Juan Amador, del Restaurant Amador, y Wonge Bergmann. También se pudieron escuchar voces expertas en las distintas conferencias organizadas, que versaron sobre temas como las diferencias culturales entre el estilismo culinario estadounidense y el europeo, sobre la creación de aplicaciones o presentaciones web, o sobre herramientas de marketing para los fotógrafos o sobre derechos de patentes internacionales.
Un aparador para una profesión desconocida
La intención de la primera edición del Photofood Festival, cuyo director ya está preparando la segunda, fue dar visibilidad al negocio de la fotografía gastronómica. “Es un sector muy importante en el mundo editorial. Aparte, en la publicidad los budgets por alimentación son de los más altos y están creciendo con la crisis”, resalta su director. Actualmente, Amazon tiene registrados 970.000 entradas de libros de cocina, y cada año se editan unos 500.000 títulos. Además, la fotografía culinaria tiene una gran presencia en los supermercados y grandes superficies y es la protagonista del packaging de la mayoría de productos alimentarios que consumimos. “Los medios, especialmente los nuevos, son muy visuales. La demanda de fotos está creciendo en todas partes”, opina Beer, que se muestra optimista respecto a la repercusión futura de la fotografía culinaria: “Hace 15 años los cocineros eran invisibles, hoy son estrellas. España tiene un buen nivel de materia prima, grandes cocineros, restaurantes estupendos. Aunque estamos quizás en un momento de recesión sigue siendo una especialidad en auge”, expone el fotógrafo Pep Escoda. Si bien la demanda de este tipo de imágenes está en progresión, los fotógrafos culinarios siguen sin conseguir el reconocimiento profesional de otras modalidades fotográficas como la moda, la prensa o la publicidad. “La cocina a nivel mediático y cultural se ha maltratado siempre. Comer era algo o muy vulgar o que se hacía con cubiertos de plata. Ahora esto está cambiando y todo está marcado por modas y tendencias”, sentencia Francesc Guillamet. La sensación de sus protagonistas es que la disciplina está avanzando: “Al lado de un buen cocinero tiene que haber un buen fotógrafo. En la fotografía culinaria hay verdaderas obras de arte”, afirma Escoda.
El fotógrafo del El Bulli
El artista Francesc Guillamet es el testimonio visual de El Bulli. En el libro Comer arte ha resumido su trabajo como fotógrafo en este restaurante durante los últimos 17 años. Anteriormente, ya había publicado El Bulli. El sabor del Mediterrani, y el nuevo volumen recoge unos 100.000 disparos y unos 1.500 platos. “El nuevo libro es un catálogo general des del primer plato que se hizo en el restaurante. Mi intención ha sido hacer una síntesis de todas las fotos que he hecho de El Bulli y que tienen alguna relación con el mundo del arte, ya sea por el contexto o por el resultado final. Se trata de relacionar un mundo tan pragmático como es el de la comida diaria con otro tan sofisticado como el de la creación artística”. Guillamet también ha inmortalizado el trabajo de un gran elenco de reconocidos chefs españoles con los que ha publicados numerosas publicaciones: Entre mar i muntanya (Xavier Sagristà), Les postres del Bulli (Albert Adrià), La cucina SOTTOVUOTO (Juan Roca, Salvador Burgués), Paco Torreblanca 1 & 2, Carme Ruscalleda del Plat a la vida, Foie Gras (André Bonnaure).
Cada uno de estos libros es distinto porque cada cocinero tiene un mundo particular: “Intento transmitir la personalidad de la gente que está detrás de cada plato. Te tienes que adaptar a cada uno”, expone el fotógrafo. Habla de Adrià como “uno de los grandes genios”. “El Bulli es un discurso, una forma de servir, la concepción de un menú…Su obra va mucho más lejos del arte y yo intento transmitir lo que me sugiere este mundo”. Cada cocinero tiene su propio imaginario, que es el que trasmite Guillamet en sus imágenes. “Paco Torreblanca es uno de los mejores pasteleros de Europa, y en su caso es más importante el gusto que el concepto, por ejemplo”, comenta. El ingrediente que no puede faltar en todas las instantáneas culinarias es la complicidad: “Una buena relación entre el equipo de cocineros y el fotógrafo”. Para este artista, la dificultad de fotografiar un plato no es muy superior a otros elementos, pero intervienen más factores: “Es lo mismo, se trata de colocar una serie de líneas y circunferencias en un cuadrado o rectángulo con harmonía. Lo que pasa es que en la cocina, como se trabaja con la naturaleza, entran muchos factores: obturación, volúmenes, luz, conexión con el cocinero…”.
El diseño también importa
Pep Escoda es otro de los fotógrafos gastronómicos más internacionales de nuestro país y también fue protagonista del Photofood Festival. Su especialidad es inmortalizar los establecimientos de restauración y hoteleros desde la singularidad de su arquitectura y diseño. Durante sus 20 años de trayectoria ha ganado múltiples galardones LUX, los premios nacionales de fotografía concedidos por la AFPE, en diferentes categorías: retratos, moda, arquitectura, proyecto personal y reportajes temáticos. También ha sido finalista del Premio Laus y ha recibido el premio Tarragonès a la carrera profesional artística y el Premio Repsol YPF. Ha publicado más de 150 obras y ha colaborado con revistas de todo el mundo: Taschen, Daab y Teneues, Harper Desing International, Vogue, HBI y The New York Times. Entre los títulos de sus reportajes más significativos encontramos: Bars designer & Design, Cool Restaurant Paris, Cool Restaurant New York, Cool Hotels America, Design Hotels, Barcelona Restaurants and More, New Hotels, etc.
Para Escoda, el diseño y la arquitectura juegan un rol destacado en el mundo de la restauración: “No hay nada mejor para el paladar que un diseño o una arquitectura adecuados”. Este artista gráfico tiene muy claro que hoy cualquier restaurante, hotel o bar se vende por su imagen: “Es de pura lógica, es su escaparate y más hoy en día que te pueden vender desde cualquier parte del mundo por Internet, a través de las redes sociales…”. Sus instantáneas intentan comunicar “la esencia que transmite un lugar y captar las inspiraciones de sus arquitectos o interioristas. Intento sensibilizarme con lo que estoy fotografiando y llegar al alma del lugar”.
La complejidad de fotografiar gastronomía
La fotografía gastronómica implica más dificultades que otras modalidades por la naturaleza de los elementos que retrata. La cocina es dinámica, sus elementos son efímeros y van cambiando de estado. Esta variación de formas y texturas del objeto gastronómico implica un mayor grado de dificultad a la hora de fotografiar un plato, y por lo tanto, una gran profesionalidad de sus autores. “Tienes que saber muy bien lo que fotografías. Es una especialidad muy difícil que requiere mucha concentración y profesionalidad”, apunta Escoda. Una de los requisitos básicos para captar la imagen de un plato es que el fotógrafo siga la preparación previa, porque “así el producto deja de ser un desconocido”, sostiene Escoda. “Si son platos efímeros va bien porque estás más preparado en el momento de fotografiarlo. Siempre irás más rápido”, afirma Guillamet. Para este artista, en la fotografía culinaria también cuentan los factores ambientales: “Una espuma te cambia el volumen y la iluminación. También cuenta la humedad del ambiente. En el Bulli, por ejemplo, hay mucha tramuntana, el clima es muy seco, y esto se tiene que tener en cuenta”.
Desde el punto de vista del director del Photofood Festival, además de estar preparado y ser rápido, el fotógrafo culinario tiene que ser un apasionado de la cocina y “le tiene que gustar comer”. En su opinión, la cocina y la fotografía comparten un mismo elemento: “Cinco cocineros tienen las mismas recetas, los mismos ingredientes, las mismas herramientas…pero salen dos platos distintos, seguramente uno mejor que el otro, más sorprendente que los demás. Lo mismo pasa en la fotografía: cinco fotógrafos con los mismos modelos, luces…captan cinco imágenes distintas”. Para Beer, el requisito principal de una buena imagen gastronómica es que “sea apetitosa”.
Cocina y arte
La alimentación y la gastronomía siempre han ocupado un lugar destacado en el mundo artístico. Los bodegones gastronómicos eran protagonistas en los museos y casas de la aristocracia y la burguesía. Esta moda perdió fuerza en el siglo XX hasta que Ferran Adrià entró con fuerza en el mundo del arte con su participación en la feria Documenta de Kassel. A partir de aquí, parece que la cocina y el arte se han reconciliado y la fotografía ha cogido el rol que antiguamente jugaban la pintura o la escultura. “La fotografía es arte y como tal, yo dibujo con la luz”, afirma Escoda. En los últimos años la alta gastronomía se ha concienciado de la capacidad artística de la fotografía y de la importancia de inmortalizar sus creaciones. “El gran problema de la gastronomía es que un plato se disfruta con los cinco sentidos pero para la historia solo queda la vista, que es la fotografía”, sostiene Guillamet. La profesión se está dando cuenta de “las barbaridades que se hacen como fotografiar un plato a medio comer y colgarlo en internet, porque al final lo que queda en la memoria es la imagen”, reflexiona. Una opinión que comparte Günter Beer: “Con las cámaras digitales salen unas fotos mediocremente buenas pero en la fotografía gastronómica es mucho más difícil que salga una foto bien y se tiene que ser un profesional. Como me decía durante el festival fotógrafo Ray Massey: [todavía estamos en un rincón protegido]”.
Contemplar las imágenes que se expusieron en el Photofood Festival es contemplar auténticas obras de arte. En esta edición, el certamen otorgó varios guardones a los artistas presentes. La fotógrafa parisina Amelie Lombard se llevó el premio DOQ Priorat FoodPhoto 2010 por su trabajo “Vinaigrettes Abstraites”. Esta serie cuenta la historia de un maridaje imposible pero deseable entre el aceite y el vinagre.. El trabajo está inspirado en obras abstractas famosas, para captar la evolución de forma, color y movimiento. Para el director del congreso, estas imágenes nos muestran la estrecha vinculación entre la gastronomía y el arte: “Durante los últimos siglos, las casas se han decorado con productos como verdura fresca, perdices…todo esto era muy caro y no accesible durante el año. Hoy decoramos las casas con imágenes de frutas más o menos exóticas, no hace falta pintarlas. Una manzana no será tan deseada como hace siglos pero fotos como las de Amelie Lombard sí que tienen la capacidad de poder interpretar los antiguos bodegones”. Otra de las fotógrafas galardonadas, en este caso con el premio Foodfeature 2010, fue la artista y periodista alemana Manuela Rüther, por un reportaje hecho en un mercado de carne en Perú.
Compartir experiencias
La primera edición del primer certamen mundial de fotografía gastronómica cerró con un balance positivo y con buenas perspectivas de futuro. Con un presupuesto de 250.000 euros, el Photofood Festival 2010 consiguió reunir a 283 profesionales pertenecientes a 15 países. Al final asistieron un 30% menos de los que tenían previsto hacerlo porque “el día de llegada había huelga general y se cancelaron la mayoría de vuelos internacionales”, justificaba su director. Junto con la buena sintonía profesional que se vivió, las exposiciones del congreso, instalado por diferentes escenarios de la zona portuaria de Tarragona, también consiguieron atraer mucho público: “El Ayuntamiento de la ciudad contabilizó 7.342 visitantes”.
Para los profesionales fue una oportunidad para conocer a compañeros de profesión, compartir problemáticas y necesidades, intercambiar experiencias y debatir sobre las últimas tendencias del sector. “Los profesionales estaban encantados con la posibilidad de hacer networking, presentar sus trabajos, acudir y discutir en las conferencias. Muchos me decían que se habían dado cuenta que todos tenemos los mismos problemas y luchamos para la mismo”, afirmaba su impulsor. “Son fórums muy necesarios para compartir experiencias y conocer las novedades del sector”, sostiene Pep Escoda. “Todos estos festivales son positivos. Todo lo que sea resaltar el valor de la fotografía gastronómica y ponerla al mismo nivel que la fotografía de moda es bueno”, sostiene Guillamet, que añade que “como siempre, hay cosas que corregir y arreglar. Eché de menos más relación de los fotógrafos con los editores, las revistas, los libros…”. En definitiva, el congreso consiguió avanzar en los grandes retos del sector: “Crear un sito para el intercambio y la formación de los profesionales y hacerlos visibles para la audiencia en general”, justificaba su director. En todo caso, España sigue con su empeño de ser un referente en la innovación del negocio gastronómico, en este caso, como escenario del primer congreso dedicado a la modalidad de fotografía.
Mireia Gónzalez
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