No esperemos a Santa Claus
Ayer publicábamos una noticia que, aunque nada exótica dentro del habitual panorama, no me dejó indiferente: la Asociación Empresarial de Hostelería de Sevilla y provincia solicitó el pasado martes a instituciones y empresas que no supriman las tradicionales comidas de Navidad, debido a la crisis. Puesto que el volumen de ventas por esas fechas supone una brisa de aire fresco para nuestro sector. Cierto es, y ojala ni empresas ni instituciones se tuvieran que plantear la celebración de Navidad con sus empleados como un recorte del presupuesto. Una tradición que durante años ha llenado nuestros restaurantes en vísperas de Santa Claus.
Está bien trasmitir el mensaje o hacer un llamamiento desde cualquier Asociación provincial, pero a estas alturas, no es suficiente. Y me remito a los resultados del pasado año. No creo que tengamos la suerte de que el Gobierno central otorgue ayudas para el tradicional evento, pues sería surrealista y casi ofensivo dadas las circunstancias, aunque tal y como se miden las prioridades desde la administración, todo es posible. Lo cierto es que a día de hoy las empresas e instituciones conciben cualquier gasto extraordinario que no repercuta directamente en sus beneficios, como algo superfluo, absolutamente prescindible, lo que incluye la tradicional comida de Navidad. Por lo tanto, recae sobre nosotros como sector, la responsabilidad de salvaguardar la tradicional comida navideña, puesto que somos los más interesados en que no se convierta en un simple vestigio del pasado. Y no quiero aventurarme a predecir lo que pasará este año, pero creo que no deberíamos obsesionarnos tanto en el corto plazo, en el beneficio inmediato; aunque entiendo perfectamente que muchas pequeñas y medianas empresas dispensan su esperanzas en esas fechas, pero donde hay hacer un sobreesfuerzo como sector es en mantener la tradición y por lo tanto en no perder al cliente. Puesto que en épocas de austeridad como la presente, el cliente reflexiona y percibe lo que en época de bonanza, parecía natural y lógico, como algo innecesario y prescindible. Lo que no significa que una vez ahoguemos la crisis vuelva al punto de partida, sino más bien lo contrario, será mucho más cauto y no tendrá inconveniente en desestimar ciertos hábitos y costumbres que intuya como obligaciones a nivel empresarial.
De ahí, que debamos construir un argumento más sólido y enérgico que transmita el porqué mantener la tradición, que no se traduzca únicamente en el beneficio a nuestro sector, puesto que celebrar la Navidad, amigo invisible incluido, con los colegas y profesionales de la misma empresa, ofrece la oportunidad de conocer a las personas que hay detrás del cargo, sin que la jerarquía empresarial tenga tanta importancia ese día. Uno de los matices de porque la comida o cena de Navidad es considerada un tradición y no un sin sentido y vacía obligación, fuera del presupuesto. La audacia de sobrentender la situación de nuestro cliente, que como consecuencia de la crisis, posiblemente se haya enfrentado algún recorte presupuestario o incluso a un expediente de regulación de empleo, con lo cual celebración de Navidad para unos suponga un despilfarro y para otros una frivolidad en base a la ética empresarial. Por eso hay que insistir en el termino tradición, en las connotaciones que se extraen de su significado, pues de tal modo este año 2009 podremos contar con aquellas empresas que gozan de buena salud económica, y pueden permitirse invitar a sus empleados como de costumbre, pero a los que no asistan, los esperaremos y recibiremos con los brazos abiertos los años venideros. Porque si no perdemos la tradición, no perderemos al cliente.
Georgia Arnaus
Editora
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