Playas... ¿con o sin chiringuito?
No sé ustedes pero yo necesito vacaciones… Hace semanas que tengo la misma pesadilla: estoy en una playa paradisiaca, disfrutando en buena compañía de las olas y la arena. De repente, a lo lejos distingo una masa humana que se acerca a gran velocidad. Apresurados, los primeros en aparecer, cargan con las sombrillas y hamacas, los segundos con hinchables gigantes tipo ballena hipopótamo o cocodrilo, pero los últimos, los más sórdidos, acarrean con las neveras como si de un ataúd se tratase; cientos de personas arrastran sus neveras hasta alcanzar su destino, y cuando llegan a pie de playa, jadeando como animales, me sonríen y me ofrecen una cerveza fresca. Entonces me giro buscando el "chiringuito" y es cuando entro en pánico. Pues no hay!!!
No sé si quizás necesite vacaciones, o todo el lío que se ha formado con la ley de costas y la desaparición de los chiringuitos, sobretodo en el litoral valenciano y andaluz, haya propiciado mi pesadilla. Lo cierto es que no solo voy a tener que acostumbrarme a padecerla, sino que voy a tener que resignarme a vivirla. Entiendo perfectamente que hay playas de nuestras costas en las que no cabe ni un alfiler dado la cantidad de personas, chiringuitos, alquiler de hamacas o vehículos náuticos. Pero tras el razonable y justo argumento del Ministerio de Medio Ambiente de ordenar el litoral con el objetivo final de no ocupar el espacio público y de sostener el turismo, no hay un sin perjuicio. Si los permisos no están bien regulados desde el inicio o si los Ayuntamientos hacen la vista gorda a la ley detrás de cobrar los cánones, lo que no se puede hacer es atajar de raíz. Existe un sinfín de intereses de unos y de otros. Y no es que no esté de acuerdo en que se ordene un poco el caos veraniego de las playas, pues se supone que la gente va a disfrutar de un espacio público y natural, que se ha convertido en un bazar marítimo. Pero en primer lugar, cabe recordar que los permisos de los locales se dan anualmente, y hay toda una profesión detrás del “chiringuito” donde la persona que está al mando, invierte un dinero para ofrecer un servicio. En segundo lugar existe un turismo real de "chiringuito", hay playeros que pasan el día a pie de "chiringuito". Y en tercer y último lugar, si todas aquellas personas que comen en el "chiringuito", lo tienen que hacer en primera línea de mar, y hablo de familias y en muchos casos numerosas, entonces no hará falta ni bajar a la playa, porque se habrá convertido en un auténtico merendero. Nos quedaremos en las terrazas y tomaremos el sol en biquini, siempre y cuando nos dejen pasear con tan poco elegante indumentaria por la zona urbana, y en el peor de los casos, para estar en una terraza contando paredes de cemento, por aquello del ahorro, optaremos por hacer vacaciones de balcón.
La cuestión es bastante compleja, lo cierto es que tanto unos como otros tienen razón y en tal punto llegar al consenso es casi imposible. Ya no solo se trata de los "chiringuitos", sino de todos los negocios que se ubican en los paseos marítimos y en la arena que han conseguido que algunas playas del litoral español tengan aspecto de Pryca ambulante. Conozco una persona que opina que cuando en un pueblo ponen semáforos, más vale marcharse. El chiringuito, nace de la necesidad o placer de los bañistas de tomarse algo o comer frente al mar en bañador. En estado natural: cuando hace calor el placer de comer con los pies descalzos sobre la arena, ninguna prenda que te comprima y con el horizonte azul como única visión, simplemente te hace sentir bien, te sientes vivo. Solemos caer siempre en el mismo error, y es el de la sofisticación. Y aquí hemos confundido el negocio con el macro negocio, pues el estrés no convence en vacaciones. Como siempre, ahora toca regular y ordenar aquello que en su día nos parecía bien. Pero no hay que olvidar que hay placeres de la vida que nacen del desorden y siguen existiendo gracia a él. A veces las cosas demasiado bonitas, adoptan un aire prefabricado y pierden la fuerza, pierden la autenticidad. El "chiringuito" como tal en toda su esencia, tiene su ubicación natural en la playa y allí tiene que continuar.
Georgia Arnaus
Editora
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