Editorial
Editorial
13-04-2012

Recordando a un camarero

Menorca, año 1985. Un grupo de amigos veinteañeros decide pasar unos días de verano en la isla, buscando lo que cualquier joven: juerga y pasárselo bien. Salen a cenar cada noche y en una de ellas… Una bonita noche de verano deciden ir a comer algo de marisco. Ya sentados a la mesa, en una animada conversación entre risas, uno de los jóvenes en una truculenta batalla con una pata de langosta se mancha a la altura de la solapa de la camisa, que le deja el típico lamparón que nadie quiere lucir un viernes noche. Así que la solución pasa por llamar al camarero para que traiga el famoso e infalible “Cebralin quitamanchas”. Dicho y hecho: el camarero se acerca con actitud diligente, remueve el producto en el aire y lo vierte en un trapo con delicadeza, convirtiendo la escena en un ceremonial, ganándose la atención de toda la clientela del restaurante que está pendiente de los movimientos del súper profesional. A lo que se aproxima al muchacho para limpiar gentilmente la mancha de su solapa, y con una gran sonrisa, mirándole directamente a los ojos, le espeta: “Es usted un poco guarrillo”, frase que repite hasta la saciedad al ritmo que frota la camisa, pues la mancha no es fácil de quitar y lo de “guarrillo” no se para de oír, resonando en las paredes del silencioso restaurante. Una vez ha acabado con el chico, éste se debate entre agradecerle el gesto o frotarle la boca con el dichoso Cebralin, todavía agobiado con las confianzas de tan simpático camarero que se aleja con el mismo aire resuelto con el que apareció, convencido de que el cliente ha quedado contento porque la mancha ha salido, a pesar de haberle insultado varias veces, pero con cariño y sin mofa.

Olvidado el anecdótico incidente, que tuvo su amplio y dilatado protagonismo en la cena, los jóvenes continuaron con lo suyo. Y en eso, que a una de las chicas le despierta la curiosidad un aparato que está colgado en la pared a la altura del techo y que, de vez en cuando, desprende una luz azul intermitente. Así que aprovechando un viaje del camarero para traer unos mejillones, la chica le pregunta sobre el curioso chisme. Y el camarero, al no dar con las palabras adecuadas para explicárselo, decide hacer una intrépida demostración empírica: deja los mejillones sobre la mesa inmediatamente y, sin dudarlo, se echa al suelo, se tumba y empieza a hacer unas extrañas abdominales mientras le dirige una mirada de aclaración a la muchacha, con sonrisa incluida, para ver si ésta ha entendido el porqué la luz azul se enciende y se apaga al son de su insólita clase de gimnasia. Apoyando una mano en la mesa, casi rozando los moluscos que acaba de servir, el hombre se levanta del suelo ante la mirada de asombro de los presentes, y un poco agotado por el esfuerzo busca la complicidad en su curiosa clienta. La cual afirma con la cabeza que ya ha comprendido que el aparato es el sensor de movimiento de la alarma del restaurante, pues no tiene palabras para agradecerle su genuina actuación. El camarero se aleja contento de nuevo, más bien orgulloso de haber sabido aclarar las dudas de su clienta, sin necesidad de mencionar una frase.

Esto pasó hace unos veinticinco años, y los protagonistas de esta historia todavía recuerdan a aquel camarero con una sonrisa: el que fue capaz de llamar “guarrillo” a un cliente mientras le frotaba una mancha con Cebralin, como también lo fue, de representar una clase “de puesta a punto” para descubrir a su clienta el sensor de movimiento de la alarma, y todo ello en una sola noche. ¡Lástima que de estos ya no queden! Porque ahora, hay muchas más cosas que explicar.

Georgia Arnaus
Editora

Suscríbete a Gestión Restaurantes

Una publicación de Horeca Solutions SL
Información Legal | Acerca de Gestión de Restaurantes | Contacto | Contratar publicidad | Sugerencias